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Pícaro  

Como cada semana acude a su cita, rellena la plantilla de jueves y sábado. No siempre se decide por los mismos números, los alterna, total piensa que todo es cuestión de suerte.  A veces son cifras de aniversario, otras veces algunas que dieron premio en la ruleta, y otras, cifras de la desgracia. Sin pensarlo mucho, coge dos monedas, y pide un jocker, total la suerte ya está echada. 

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De vez en cuando se tienta imaginando que será el afortunado, y cómo resolverá todos los problemas que le dan dolor de cabeza, pero luego baja a tierra y desecha la ilusión para evitar el chasco.

Y así, Pícaro, el protagonista de esta anécdota, juega todas sus semanas su cuota de lotería. Pícaro confía en su buena estrella, esa que nunca ha tenido, esa que nunca le fue otorgada. Pero él como buen creyente, obrero en la rutina, no pierde la fe en un golpe de suerte, pues Dios siempre reparte parejo, aunque sea tarde. Y Pícaro se lo cree, por eso, hoy ha vuelto a caer, convencido se ha dicho que de hoy no pasaba, ya le toca, son muchos años siguiendo la zanahoria. Esta vez me toca comerla a mí.  Así, Pícaro, muy decidido, se ha lanzado a por el mejor atraco de la historia, va a desvalijar ese establecimiento de loterías y apuestas que le ha robado durante años su buena estrella, su dignidad y todas sus monedas de cobre. Por fin, recuperará como buen practicante, la fe en el prójimo y por supuesto la fortuna que tenía en sus bolsillos.

«Puede que antes de preguntarnos adónde vamos,
deberíamos descubrir de dónde venimos»
Susanna Tamaro

¿Qué bandera era mía?

Sino mi piel con cada marca y cada herida.

¿Cuál era mi tierra?

Sino aquella que pisé, trabajé y veneré.

 

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¿Quiénes eran mis amigos?

Sino aquellos que compartieron mi mesa, mi techo y parte del camino.

¿Cuál era mi identidad?

Un número entre tantos, un rostro de pasado, una vieja tradición. No, mi identidad eran los sentimientos, aquellos irreprimibles, transparentes a los ojos de cualquiera.

¿Cuál era mi familia?

La sangre que corría por mis venas. Sí, y cada brazo fuera de mí, cada regazo a destiempo y cada perdón desmerecido.

¿Cuál era mi casa?

Las cuatro humildes paredes que me vieron crecer, el calor sin pedirlo, el lecho eterno al que volver. Sí, pero mi casa, mi pequeño hogar, estaba también en el fondo del océano, protegido por la espuma y el oleaje, defendido siempre por el rugir del viento. Mi casa era cada lugar que fui construyendo con seguridad, siempre dejando la puerta abierta para que la vida me sorprenda.

¿Cuáles eran mis sueños?

Aquellas vagas ideas, esas fantasías poco factibles, esos proyectos en segundo plano, relegados por lo urgente, desgastados por las prisas, reprimidos por la derrota… Mis sueños eran la novela de la que era protagonista, eran la dulce velada de cualquier noche en la orilla de la playa. Eran un misterio, una incógnita que se mantenía intacta, un pasaje de ida hacia la nada abstracta, hacia el todo concreto. Eso eran mis sueños, todas las personas que me crucé a ciegas, los nobles corazones que posaron en mí.

¿Qué era el amor?

Místicamente, era la bendición que perseguía en los días y en las noches. Pero, materialmente, era una actitud, una forma de actuar, de vivir. Suponía entregar sin medir, esperar sin desfallecer, querer sin futuro y sobre todo, el amor era un encuentro, una sorpresa, una lección. Un momento infinito y efímero. El amor eran trenes y pasajeros a bordo, y los que se quedaban en el andén también. Eran viajeros incondicionales al destino, valientes sin capa y espada, desertores del lamento y el reproche. El amor eran unos ojos brillantes, un temblor desafiando a la gravedad, un fuego incandescente en la oscuridad. El amor era un velero sin más capitán que el mar. Era esa estela que te hace salir a flotar, a tender la mano para liberar al preso. El amor estaba en cada cultivo, en cada acto de esperanza y solidaridad. Y lo más importante, el amor estaba en todos.

«Después vino la claridad, el cielo grande, la paz,

la vida había desaparecido misteriosamente en la tormenta»

Vinicius de Moraes

«La partida es lo único que sabemos del cielo, 

y lo único que necesitamos del infierno»

Emily Dickinson

Salí a la ventana. Admirando la valentía de romper ese silencio provocado por el miedo. El terror de no saber, de no conocer lo que ocurre en este preciso momento…

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Observé a cada vecino aplaudiendo aquello que ya habían perdido, qué ironía, ¿no? Aun así, me emociona ese coraje de querer continuar, incluso, cuando la incertidumbre nos ha despojado de nuestra vida. Desconozco en qué momento ocurrió, sucede que, tampoco tiene importancia ya. El pasado sólo ha de servir para no repetir determinados patrones y, para que, si lo hacemos, al menos, sea para reírnos y no arrepentirnos después. Salí a la ventana para tratar de acercarme a aquellos de los que me siento tan lejos. Aquellos a los que no sólo no comprendo, sino para los que debo de ser invisible. En el patio, la ropa sigue colgada de la cuerda, aunque amenazan las lluvias y no estaré mañana para recogerla. Salí a la ventana, pensando en encontrarte más allá de las letras de las canciones, de esa fotografía juntos que nunca nos hicimos. ¿Y sabes qué? No te hallé, según lo esperado. Mañana, saldré otra vez, por si te escondes tras un árbol o huyes de las sirenas en alguna esquina de mala muerte. Saldré y aplaudiré para llamarte. Que me escuches y acudas a mi puerta. Que en este silencio, raudo e impío, sigo viva.

«Debí haberme ido ayer,
y aquí no soy más que mi propio retraso»
Milan Kundera

Desde el origen de las civilizaciones, el llamado tempus ha dictado la existencia humana. Ya en la época de los egipcios, éstos trataban de descifrar la magnitud temporal. Para ello, procuraron darle forma a la cuestión usando diferentes herramientas, entre ellas, la astronomía. Así fue, que un año resultó ser lo que tardaba la Tierra en completar su órbita alrededor del Sol; y un mes, la luna orbitando sobre el globo terráqueo. Más tarde, las leyes de Kepler serían una realidad. A su vez, Vitruvio, aquél matemático que luego dibujó Da Vinci para maravillarnos con su jeroglífico de “La cuadratura del círculo”, determinaría el cronos griego con la clepsidra y artilugios extravagantes como el reloj de agua. Pero serían las bases duodécima y sexagesimal las que establecerían la dicotomía día-noche y segundo-minuto. De tal manera, las horas se hicieron permanentes hasta la actualidad que hoy contemplamos.

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Más allá de lo que conceptualmente refiere al término tiempo, como una magnitud física para medir la duración o separación de sucesos, como kairos, era el momento preciso y oportuno para el acontecimiento. Tal palabra viene a evocar los grandes dilemas que atañen al ser humano desde que hay constancia. El tiempo ha sido el concepto filosófico que ha atormentado durante siglo a las almas, así como, motivo de artistas de múltiples disciplinas para expresar y rebelar sus pensamientos. El tiempo ha sido considerado agonía, por el pesar que produce pasa lento, o piano piano… Puesto que cansa, desgasta, y su ligereza se evapora para convertirse en un peso pesado. El tiempo, jamás, se queda parado, no descansa, nunca deja de funcionar. Non stop. Never. Entonces, ¿cómo detenerlo? ¿quién lo detiene? ¿cómo bloquearlo? ¿qué revuelta llevar a cabo? ¿existe la fórmula específica? ¿hay una ranura por la que escapar de él? ¿existe esa grieta que lo haga tambalear?

Porque así, estimados lectores, el tiempo, por el momento, además de rotundo, es imbatible. Ni la muerte, aunque le haga frente, ganaría. Las palabras de Mª Jesús Mingot así lo afirman:

«Hasta la muerte es eco para el tiempo»1

Pero además de esa agonía, de esa angustia, el tiempo es impulso, una motivación para, coloquialmente, sprintar, para llegar a la meta como uno ansía llegar. Esto último, puede deberse, en realidad, al miedo, al miedo de ser vencido, perdedor. Terror al tiempo perdido, al lamento de no aprovechar esa oportunidad, única y exclusiva, ese kairos ya mencionado anteriormente. Lo mismo ocurre con las prisas, que hoy aprisionan nuestros corazones, ese miedo a llegar tarde, pero ¿a qué? Si no sabemos lo que viene, ni siquiera si vendrá.

El tiempo, ese lapso entre vidas, es silencioso e impasible ante el transcurso de las distintas eras. Pero en contraposición, significa no olvido, es perpetuador de la memoria si se sabe mirar. Es un digno evidente del aprendizaje, de la cicatrización de la herida, de la vil historia repetida, o ese vago recordar en las palabras del italiano Cesare Pavese:

«Da pena ver que hay una vida que vivir mañana» 2

O las tiernas palabras del escritor uruguayo Mario Benedetti:

 

«Siempre habrá tiempo para el desengaño, y aprender hoy como aprendimos antes»3

Agnóstico, no deja de generar confusión e intermitencia, ¿quién se cree indemne ante el reloj de arena? La efemeridad temporal, siendo premio y castigo, siendo el arte callejero ejemplo de ello, pues la obra es realizada y expuesta, pero con una corta durabilidad. El éxtasis del deseo en el acto sexual o el tiempo que tarda en consumirse una cerilla también lo son. El tiempo, a su paso, sólo deja tierras quemadas, pieles arrugadas, y almas enterradas. Es el ladrón de guante blanco de los mejores recuerdos, es el expropiador por excelencia, el guerrero eterno, el soldado raso y el coronel simultáneos; en definitiva, es la capacidad de resistencia ante todo.

El denbora es ese círculo sideral, pendiente de los movimientos planetarios, regente de las estaciones, circunstancial en la velocidad de la luz, en la perspectiva de la rapidez, del vuelo que alcanza el viento. El tiempo, como señal de acortar distancias, en trenes, en aviones y en barcos. Pero también de agrandarlas, bajo los estados temporales y las subjetividades de cada ser; creando de esta manera, diferentes conciencias, siendo condena y sueño, siendo castigo y fortuna. Creando biorritmos diferentes que dan como resultado: los temidos “a destiempo”, en los que un libre albedrío no se corresponde con otro.

El tiempo lejos de culpable, solo es responsable de la serenidad que causa su contemplación, y de la pesadez del segundero en la tortura de la espera. Porque el tiempo supone ese reloj de vida que nos otorgan al nacer, las famosas 365 oportunidades, el oro caduco al final de cada día que no podrás acumular. Pero ¿quién dicta su pasar? ¿Dónde queda la perspectiva subjetiva de su observación? No es lo mismo, cinco minutos gratos en una velada amistosa que cinco minutos desalentadores en un atasco, ¿o sí? ¿Qué sentido posee el tiempo? ¿Quizás un afán conservador de parcialidad ante todo y todos? ¿Sea así una especie de Peter Pan justiciero? Es menester recordar los versos poéticos de Hannah Arendt y de Rabindranth Tagore, respectivamente:

«Los días se limitan a ir pasando
haciendo que transcurra nuestro tiempo»4

«Temí haber perdido del todo tiempo y dinero.
Pero no, hermano, algo me queda todavía;
el destino no me ha robado del todo»5

Siguiendo la lógica cronológica, ¿no resulta paradójico que el tiempo, de algún modo u otro, siempre induzca al regreso? Evoca al punto de partida, pero ¿cuál? ¿de dónde? ¿desde cuándo? El círculo sideral se ha convertido en una espiral visceral, se ha creado una dependencia furtiva para volver, per ritornare… Pero resuenan entonces las plumas de Susanna Tamaro y Herman Hesse, y la condición de la ilusión se hace eco, todo parece una panóptica individual a cargo del delirio y la intuición.

«¿Cuánto tiempo he tardado en darme cuenta del tiempo?»6

«Vivimos bajo la ilusión de que el tiempo es algo real. El tiempo no es real, y esto es algo que he experimentado repetidas veces. Y si el tiempo no es real, la distancia que parece mediar entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre el bien y el mal, es también una ilusión»7

Y después del desvarío, llega la ansiada eternidad momentánea a la que nos traslada el fatídico concepto tiempo. Porque lo hace. Claro que lo hace. ¿Quién de nosotros no sueña con esa inmortalidad? ¿Quién se cree indemne, otra vez? ¿Quién no quisiera manejar las agujas del cucú a su antojo? ¿Hacerlas infinitas? El tiempo no envejece, pero tiene la habilidad para convertir el entorno en una antigüedad. Es curioso cómo el ser humano ansía extender todo aquello que tiene un fin determinado de antemano, se produce así la llamada quimera de la libertad. Porque nunca falta tiempo, lo que sobra es esclavitud. Veinticuatro horas durante siete días a la semana son suficientes si se vive libremente. Pero la problemática reside ahí, en las horas vendidas por el cobre necesario para sobrevivir. El miedo no es envejecer o morir mañana, el miedo es no vivir ahora. Así lo expresaba Antonio Machado:

«Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde»8

De esta manera, se convierte en un símbolo de riqueza, no porque como comúnmente se dice que el tiempo sea oro, no, sino porque es la preciada fortuna que desde el primer día hemos malvendido por menesteres monetarios. La modernidad abarrotada de esclavos creyéndose dueños, y las únicas riendas que llevan son ésas sobre otros a los que creen convencer. Prisioneros aleccionados para ser marionetas bajo los hilos crueles que forman esa cadena, esa cuerda de la soga que da rienda, otra vez, al famoso y estruendoso tic-tac. La vida, así, se convierte en esa serie de cuotas que van tensando la levedad que, en un principio, otorgaba el tiempo. Desaparece la serenidad y la armonía de la contemplación, quedando el sopesar y una crítica social que no pasa de largo.

Por tanto, es evidente la función del reloj, el instrumento rocambolesco para martirizar, el engranaje mecánico para perpetuar el sistema temporal cuadriculado. Quedando establecido que el tiempo, igual que la libertad, es inmortal -pero nosotros no-. La diferencia es notable, siendo la segunda alcanzable pero el primero no. El tiempo es condicionado por la falta de libertad. La condición en sí misma es la libertad. Inherente al tiempo. Siendo de facto, determinado el tiempo por el gozo de la libertad.

¿Qué podía ser el tiempo sino una batalla? El tiempo siempre se repite, es rutinario en su funcionamiento: sesenta segundos, sesenta minutos y veinticuatro horas, pero ¿y nuestra vida? ¿lo es? ¿acaso la vida vuelve? ¿acaso tenemos la opción de repetirla? No. Ya lo dijo el pintor de El grito, Edvard Munch:

«¿Qué es pequeño, qué es grande, qué es el tiempo? Un simple segundo entre latidos del corazón»9

En conclusión, los egipcios buscaban las respuestas en el cielo. ¿Qué ha cambiado? Que nosotros ya no lo miramos, no cedemos espacio a su contemplación. Del mismo modo, es preciso desistir de esa insistencia por matar el tiempo, puesto que es francamente imposible, adelantarlo, manipularlo, ganarle… No sea entonces necesario vencer en la batalla contra el tiempo, sino jugar, robarle esa variable condicional, la libertad. Y hacer de ella, la libertad, nuestro tiempo. Porque como escribió Bobin:

«Aquí estamos para jugar hasta el fin de los tiempos»10

1 MINGOT, María Jesús. 2016. Aliento de luz. Madrid. Ediciones Vitruvio.
2 PAVESE, Cesare. 1995. Poesías Completas. Madrid. Visor Libros.
3 BENEDETTI, Mario. 1984. Antología Poética. Madrid. Alianza Editorial.
4 ARENDT, Hannah. 2015. Poemas. Barcelona. Herder.
5 TAGORE, Rabindranth. 2009. El jardinero. Madrid. Edimat Ediciones.
TAMARO, Susanna. 2005. Cada palabra es una semilla. Barcelona. Editorial Seix Barral S.A.
7 HESSE, Hermann. 2003. Siddhartha. Barcelona. Debolsillo.
MACHADO, Antonio. 1943. Poesías Completas. Buenos Aires. Editorial Losada S.A.
9 MUNCH, Edvard. 2015. Cuadernos del alma. Madrid. Casimiro Libros.
10 BOBIN, Christian. 2006. Autorretrato con radiador. Madrd. Árdora Ediciones.

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